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Zapatos bien limpios

Me encantaba mirar a mi padre haciendo cosas imposibles: cambiar una bombilla, alicatar un cuarto de baño, sembrar tomates en la parcela o soldar un tenderete. Reparto de tareas tácito que muchos identifican con un mundo sexista. Mama y Papa, sin tildes, se preocupaban de lo suyo. Especialización.

Mi madre recordaba que había que limpiar bien los zapatos. Cuando decía “bien”, como los perrillos de Pavlov o el mismísimo Hombre Araña, mi séptimo sentido se activaba. Algo fuera de lo normal estaba cerca de acontecer. Probablemente habría que pasar por una iglesia. Generalmente de fiesta. De luto menos, porque iban sólo los mayores.

Sin llegar a salivar, el hormiguero de mi estómago se despertaba, las preguntas se multiplicaban, el jolgorio se masticaba en una casa honradamente pobre, de seis personas, cuatro de ellas obligadas a comerse las “carillas” cuando tocaban. Tocaban mucho esas judías.

Lógica infantil: Si limpiamos los zapatos, hay fiesta. Si hay fiesta, no hay carillas, entusiasta causalidad.

Era mi padre el encargado de ejecutar las sugerencias ordenadas por mi madre. Yo, como hijo pequeño que apenas había comenzado el cole, le seguía con la devoción de un feligrés, deseando actuar a su imagen y semejanza.

Calzado, tubo de crema, si había, y trapo desechado por la parienta, una camiseta vieja.

Sus movimientos enérgicos, y un místico toque de saliva, transformaban cualquier mierda de zapato cedido por la tía del pueblo, en lustrosos fetiches de la mismísima bruja del norte… del norte de Ciudad Real.

No hacía falta hacerlos sonar para que los zapatos “bien limpios” nos llevaran a un inhabitual mundo donde encontrarnos con familiares, amigos y desconocidos ante los que pasábamos una silenciosa y encubierta revista. Sólo entonces, cuando los mayores se despistaban, era el momento de que los zapatos bien limpios, se ensuciaran igual de bien. Al menos, se intentaba.

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