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Mejorando con lecciones de ayer y hoy

En los últimos tiempos siento cierto desencanto por el descrédito de las lecciones del pasado. He sorprendido sonrisillas y miradas cuando menciono la experiencia de mis padres, y presenciado discusiones con personas mayores por hablar de ciertas situaciones o reprochar las prioridades “de la gente jóven”. Seguramente por el pie que damos los pesados al hablar de ciertas cosas modernas con las gafas del pasado.

Somos  más listos, más altos, más formados, licenciados, nuestros móviles parecen ser más inteligentes que los padres y nuestros ordenadores saben más cosas que los abuelos. Quizá por eso preferimos buscar en la wikipedia en lugar de preguntar, o buscar fotos en google en lugar de revisar el álbum de familia, que a estas alturas es digital, con miles de fotos que nunca serán borradas pero tampoco impresas y raramente vistas por nadie.

La tecnología es lo de menos. La cuestión es que sabemos que hemos recibido una muy buena formación gratuita o altamente subvencionada por nuestros mayores, hemos heredado unos servicios sociales increíbles, y una sistema garantista en cuanto a ingresos mínimos de las familias sostenido por el trabajo de la generación postguerra civil. Quizá escribían peor o hacían peor las cuentas, pero apretaban los dientes como cabrones y cabronas. Personalmente creo que nuestras generaciones EGB y LOGSE, ahora en sus treintaytantos, veintitantos, estamos más formados, pero no se nos ha puesto a prueba en las duras. Hasta ahora.

En los últimos meses he reflexionado también sobre cómo dar un paso adelante. No tiene sentido esperar a que arreglen las cosas los que están cerca del retiro. Nos toca a nosotros. Me toca a mí. Entremos todos, salga el que pueda.

La pregunta es ¿Qué puede hacer uno desde su casa, su trabajo, en su día a día, para mejorar las cosas?

Permíteme un pequeño desvarío. A mí me gusta escuchar las historias de los demás. No es retórica ni posición bon-homista o post-bohemia gafapasta. Creo en aquello de escuchar a la gente e intentar generarme mi opinión a partir del abanico de cosas que escucho de unos y otros. No escucho como me gustaría porque la lengua se suele entrometer para volcar mis opiniones y ver la reacción de los demás. Soy un bocazas clásico y estándar. Intento controlar el mono y que se quede sólo la parte sapiens. Estoy en ello.

Si escuchas a los mayores del entorno, familiares, amigos de la familia, gente que te habla en un parque o en el bar…  te enteras de muchas cosas. No importa tanto la realidad de los acontecimientos como la imagen que se hacen sus protagonistas. De esa imagen saqué la conclusión de lo mal que se pasó en España tras la guerra, de las cosas que tenían que hacer mis padres o sus amigos para tener algo que comer. Piensa en algún país de la África central actual. Esos niños sin ropa, sin medicamentos, sin acceso a comida. Al parecer esa era la España del año 40, 41, 42… Esa generación de chicos con problemas de salud que luego les han pasado factura cerca del retiro en forma de enfermedades, consiguieron crecer gracias a la ayuda de los que poco tenían y mucho compartían. Porque dar algo cuando tienes mucho tiene mérito, pero dar algo cuando apenas tienes para tí…

Siempre se ha resaltado a los que tuvieron que buscar asilo fuera del país por motivos políticos. Es triste tener que irte porque un capullo ha decidido que todo irá mejor sin la interferencia de los demás. Y el que sobre, a la cárcel o la pared.

Mis héroes, por cercanos, han sido otros. Familiares, conocidos y amigos que tuvieron pocas opciones. Algunos se quedaron en los pueblos donde había poco pero algo se podía sacar de la tierra. Otros emigraron cuando hacer 200 kilómetros era como hacer 1500 ahora. Algunos a las zonas ricas, o incluso fuera del país. No sabían escribir, pero tenían que aprender alemán. No serían tan listos como nuestros teléfonos móviles, pero sabían cómo sobrevivir.

Ahora, escuchando a unos y otros, lo que cuentan de sus entornos, familiares, amigos, de los míos… se palpan situaciones muy graves. Embargos, paro de larga duración, embarazos no deseados, problemas de papeles, problemas penales… Mudanzas obligadas, traslados a otras ciudades o vueltas a países de procedencia, desarraigo… otra vez.

Si nos ponemos todos en hilera estamos jodidos, el túnel no se acaba y lo mejor sería montar una secta apocalíptica y hacer una orgía sin agua ni comida y morir todos contentos.

Pero no es ésa la lección que he inferido de escuchar a gentes de otras generaciones. Nos animan a apretar los puños, a actuar como adultos y nadar entre la mierda porque si se dejan de mover los brazos, te la tragas y te hunde. A hacer lo que tenemos que hacer, aunque para mí sigue siendo un misterio. No creo que todos seamos iguales y podamos hacer lo mismo.

Los políticos son una basura que desoye los intereses del pueblo, los periodistas se deben a sus trincheras, la justicia no es igual para todos, el dinero llama al dinero (lo mucho a lo poco) y el trabajo es precario y muy difícil de conseguir. Es con matices lo que he escuchado a la generación de mis abuelos, de mis padres… se repiten los esquemas. Todos en su papel.

Es a nosotros, la clase trabajadora, autónomos o trabajadores por cuenta ajena, gente humilde y trabajadora, a los que nos toca tragar saliva, sobreponernos a que nuestro trabajo se cotice a precio de pesetas en tiempos de euros, sacar esto a flote… y en el entretanto animar en lo que podamos a los que tenemos al lado.

Y eso me hace volver a ¿Qué puede hacer uno desde su casa, su trabajo, en su día a día, para mejorar las cosas? Comparto alguna cosa que yo he decidido, en mi situación personal (con trabajo más o menos, y tiempo más o menos):

  • Ayudar a los más jóvenes que tienes a mano a mejorar sus posibilidades. Hay que empezar por la gente que se tiene al lado. A veces se nos olvida. En algunos momentos nos sorprendemos diciendo “a lo mejor puedes pedir una beca” o “quizá puedan darte un subsidio”… yo ahora voy a intentar el “¿cómo podría ayudarte yo?” “siéntate a mi lado, mira cómo hago las cosas y pregunta lo que necesites”  ¿Becarios? ¿Aprendices? Llámalo como quieras. Si se puede, se debe.
  • Hacerle la vida más fácil a los mayores. Hace un tiempo ahorramos un poco de dinero y decidimos arreglar el cuarto de baño y las ventanas de la casa de mis padres. Yo no vivo allí, pero es mi familia, qué coño. También decidimos colaborar en la reforma del piso de mi suegro. La clave es que estuvieran más cómodos sin penalizarlos con préstamos o similares. La pensión de mi padre ha de dar para dos y es bastante corta, la verdad. Y mi suegro está en paro a una edad jodida. Como sabes, hay otra gente que, con los abuelos o personas mayores del entorno, les hacen la comida y les llevan un tupper, para que no renuncien a su independencia, pero tampoco a comer bien. Otros están sacando a los vecinos más mayores a pasear, o les acompañan al médico. Llevan años haciéndolo. Muchos con un poco de conversación un rato cada día les daríamos calidad de vida. Menos papel del médico. Más información compartida con los mayores. Menos miedo a hacernos mayores. Una sociedad mejor. Yo he decidido no esperar a que el Estado o los demás hagan algo. Cada uno…
  • Compartir mi experiencia y mis redes. En los últimos meses he iniciado mi propio programa de apoyo a emprendedores. Les regalo tareas de creatividad, diseño, tecnología… cobrándoles sólo el precio de coste, pero demorado para evitarles agobios. Uso mis propios parámetros para decidir hasta qué punto hacer x cosas, y hasta cuándo puedo demorar el cobro de otras. Así no tienen que renunciar a un buen diseño que les ayude a ponerse en marcha, y podemos darle vida a esto. A la larga, algunos cerrarán, otros aguantarán y ojala contraten a gente. Lo mismo he hecho con algunos amigos que están en paro ¿necesitas algo que esté en mi mano? ¿te habilito un espacio web para tu portfolio/curriculum? ¿te diseño unas tarjetas de visita? No soy el único que lo hace, afortunadamente. Pero podríamos hacer más, seguro. Soy un tipo que necesita pocas cosas, si puedo dedicar menos tiempo a empresas multimillonarias que luego despiden a 10-000 y apoyar a un par de docenas de empresas pequeñas o gente trabajadora que necesita un impulso… vamos a ello. Si puedo hacer que los procesos de algunas empresas sean más humanos y mejorar de rebote la vida de la gente con la que trabajo… vamos a ello.
  • Recordar esas pequeñas cosas. Afortunadamente tengo un grupo de amigos y conocidos que han recibido una educación basada en preocuparse por el bienestar de otros. Pero a mí se me olvida a veces esas pequeñas cosas que mis padres hacían y que de pequeño me daban pereza. Una llamada a un amigo, al que con frecuencia recuerdas y con frecuencia omites. Una presencia en un funeral para que sepas que estás ahí, en cuerpo y alma. Un abrazo a tiempo aunque te de un poco de vergüenza. Acompañar a alguien a algo que le da pereza para que no le de tanta. Una carta de referencia para ese colaborador que lo está pasando mal y que no sabe si pedírtela porque le da corte. Estas semanas intento cuidar más esas cosas. Soy más feliz y lo mismo de rebote mejor persona. A ver si entierro al mono.
  • Discutir menos, hacer más. En estos tiempos considero que se pierde mucha fuerza discutiendo. Es mejor asumir unos mínimos y enfocarse en ello, maximizarlo y reevaluar, que perder el tiempo discutiendo y no llegar ni a los mínimos. Intento no enroscarme en mi propia opinión. Conceder que quizá no me explico, que probablemente no sea como lo cuento. Seguramente sea así, y así al menos llego a escuchar lo que dicen los demás. En caso contrario ni una cosa ni otra. Intentaré que dure este enfoque. Me gustaría verlo en los demás. En especial en algunas conversaciones familiares o entre amigos de partes diferentes del espectro. No podemos pedirle que se pongan de acuerdo a Madrid y Barça, a PP y PSOE, a Israelíes y Palestinos, si no somos capaces de llegar a mínimos con nuestros vecinos. Por poder, podemos, pero no tiene mucha lógica, pienso yo. En esa línea he decido usar la escritura y el diseño para producir las cosas que otros me piden: relatos sobre una cosa u otra, campañas para asociaciones, para promover el cambio o reforzar las costumbres positivas. La clave es sacar ratos. Y ahora los saco.

Escuchando a otras generaciones la impresión general es que las cosas se sustentan y calan de abajo a arriba. De arriba a abajo las cosas se imponen, se fuerzan. De abajo a arriba podemos sentirnos desprotegidos, moralmente autorizados para reprochar, pero seguros de que lo que hacemos es lo justo. Sabremos que hemos hecho algo para cambiar la inercia.

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